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Cuarto extracto de la novela Shadows Rising

Os mostramos un extracto del primer capítulo de la nueva novela de WoW, el cuarto extracto de Shadows Rising en castellano.

La editorial Penguin Random House ha publicado un extracto del primer capítulo de la novela Shadows Rising a través de su página web y lo hemos traducido al castellano.

Este extracto contiene spoilers de la historia que veremos en Shadowlands, si no quieres conocer nada antes de su salida, no sigas leyendo.

Si quieres leer otros extractos además de conocer toda la información que conocemos sobre la novela:

 

Cuarto extracto de la novela Shadows Rising

Extracto del primer capítulo de la novela Shadows Rising en castellano.

Capítulo Uno

Orgrimmar

Por mucho que le sorprendiera, el calor seco y el ruido interminable de Orgrimmar se sentía como en casa. Quizás era como regresar a una familia peculiar y caprichosa, una que Thrall no había necesariamente elegido, pero que había llegado a respetar. Thrall, hijo de Durotan y antiguo Jefe de Guerra, había esperado retroceder ante los familiares olores y el caos de la ciudad de la Horda, pero había vuelto a su ritmo con sorprendente facilidad.

En cierto modo, le asustaba lo bien que se encontraba allí. Las cosas habían cambiado, por supuesto; la misma Horda había cambiado. Había tenido que hacerlo. Un solo Jefe de Guerra ya no podía gobernarlos a todos. No, como una extraña familia, la Horda había crecido, sufrido, expandido, retraído y, finalmente, pensó, estaba empezando verse no como naciones diferentes unidas por una sola voz, sino como un coro de voces fuertes que se alzaban como una.

Los lobos se hacían fuertes en manada, en números. Y allí, en el Fuerte Grommash, entre el Consejo de la Horda, vio a muchos buenos lobos a su lado.

No le temas a esto, pensó, mirando a los presentes. No lideras a nadie. Simplemente te sientas entre iguales.

Su orgullo no se irritaba ante ese pensamiento; de hecho, lo recibió de buena gana.

Thrall colocó las manos sobre las rodillas y se inclinó hacia delante cuando los dos jóvenes y valientes Tauren que estaban informando en el centro terminaron de hablar. Habían avistado a dos espías, dos forestales oscuras, en una cresta en los Baldíos del Norte y, después de alertar a una patrulla de alto rango en el área, ambas forestales habían sido encontradas y capturadas. Los espías se habían tragado una mezcla horrible y murieron antes del interrogatorio, pero, aun así, ya no podrían ser los ojos de la Dama Oscura en Durotar.

Unos aplausos recorrieron la sala. Los dos valientes se pusieron de pie, hinchando sus pechos peludos y sosteniendo sus lanzas rectas. Thrall no pudo evitar preguntarse cuánto tiempo vivirían. Qué lugar frío y sombrío lejos de aquí sería su fin. Qué familias dejarían atrás mientras se entregaban como grano al molino de guerra.

No. No. Estaban poniendo fin a todo eso. Ese era el objetivo del consejo: evitar los caprichos sangrientos de uno a favor de políticas más moderadas. Y aunque muchos todavía se estremecían ante la mera mención del armisticio, Thrall pensaba que era un respiro que la Horda necesitaba con urgencia.

“¡Bien hecho!” les dijo Lor’themar Theron a los dos valientes. El líder de los Elfos de Sangre, con su cabello largo y pálido, su ojo izquierdo cicatrizado y muerto, y su barba cuidadosamente arreglada, levantó un caliz. “Un trabajo valiente. Un brindis por estos excelentes soldados de la Horda. ¡Lok-tar!”

“Lok-tar!”

Thrall levantó su taza, pero sus ojos se posaron en un asiento vacío al lado del líder de los elfos de sangre. Otros pares de ojos, incluido el bueno de Lor’themar, habían vagado a ese lugar durante toda la tarde. Parecía casi demasiado irónico: aquí estaban, un consejo en respuesta al polémico liderazgo y posterior exilio de Sylvanas Brisaveloz, y nadie se sentaba en su lugar para hablar por los Renegados.

Incluso la nueva reina de Zandalar, Talanji, había venido de su lejana nación para reunirse con el consejo. Se sentó casi frente a Thrall en el círculo de sillas que formaba el consejo en la sala. Hasta ahora había dicho poco, algo que él sabía no era una característica de la joven reina impetuosa.

A su lado, más cerca de la entrada, se encontraba el nuevo príncipe mercante del Cártel Pantoque, Gazlowe. Y aunque podía ser pequeño en tamaño, había hecho reconocer su presencia más grande que la vida a través de los informes, discusiones y desacuerdos del día.

El goblin acababa de servirse más cerveza cuando dos figuras irrumpieron por el arco abierto, sorprendiendo a los dos valientes Tauren y a Gazlowe, que vertió la mitad de su bebida por su camisa. Gruñía y maldecía, y su mechón de cabello castaño se tambaleaba de un lado a otro mientras se limpiaba con fuerza la mancha.

El miembro del consejo faltante por fin había aparecido. Una mujer no-muerta de ojos azules corrió sin aliento hacia la sala. Su mirada se movió en todas las direcciones. Su postura sugería que no lamentaba en absoluto su tardanza.  Detrás de ella, una mujer pálida y fantasmal, también no-muerta, estaba de pie con mejor porte. No podían ser más distintas: dos damas, una devastada por su aflicción a los huesos y la otra lisa e impecable, brillando desde dentro con una luz deslumbrante.

Lilian Voss, líder interina de los Renegados, y Calia Menethil habían llegado, robando la atención de todas las criaturas que respiraban en el salón y dejando a los dos valientes moverse torpemente en el repentino silencio. Calia parecía estar observando todos y cada uno de los movimientos de Lilian, como si pudiera ser probada más tarde. Finalmente, Baine Pezuña de Sangre les indicó que se alejaran y los dos Tauren se arrastraron hacia él, arrodillándose en el suelo detrás de su Gran Jefe.

Nadie habló. Nadie parecía saber qué decir, mucho menos los recién llegados. Lilian Voss se ajustó la mochila gastada en el hombro, las botas, grebas y la capa salpicadas en barro fresco.

A la derecha de Thrall, la primera arcanista de pelo blanco y tatuajes blancos Thalyssra tosió delicadamente en su puño.

No soy su líder. El silencio se prolongó dolorosamente. Thrall se levantó y abrió los brazos a los recién llegados, conjurando una cálida sonrisa.

“Vuestra ausencia se hizo notar” retumbó Thrall. “La Horda no es la Horda sin los Renegados”.

Lilian asintió, mordiéndose tan fuerte el labio inferior que Thrall temió que se rompiera la piel. Su compañera, la luminosa Calia Menethil, con atuendo sacerdotal, se deslizó hacia adelante, inclinando su cabeza plateada hacia él. “Graciosamente dicho”.

“Únete a nosotros, por favor”. Thrall regresó a su asiento y les señaló los asientos libres reservados para su grupo.

“Encontrarás los mejores alimentos de Orgrimmar y todo el vino o hidromiel que puedas…er…quiero decir, estamos a su disposición” dijo el Vulpera Kiro, nervioso después del desliz. Eran nuevos en la Horda, después de todo. Más suavemente, agregó, “Por favor, tome asiento”.

El error rompió la tensión y Gazlowe se rio del paso en falso del Vulpera, ahora sonrojado. Los muertos vivientes no necesitaban comida o bebida. Thrall se alegró de que la nueva líder de los Renegados no se ofendía. En cambio, fueron recibidos por el inmensamente adornado con plumas Baine Pezuña de Sangre y Lor’themar, sentados en ambos lados de las sillas.

“¿Podemos preguntar que te ha retrasado?” preguntó Lor’themar una vez las damas estuvieron sentadas.

“Nuestra gente no puede quedarse en Orgrimmar para siempre”, respondió Lilian, quién por fin encontró su lengua. Una vez sentada y liberada de su equipaje, parecía más tranquila. Sus ojos azules brillaban mientras se enderezaba la espalda y se quitaba su capa de cuero. “Hace demasiado calor. Preferimos las sombras y la humedad. Quizás con el tiempo se puedan recuperar las ruinas de Lordaeron y podamos restaurar nuestro hogar. Las cosas se han enfriado con el armisticio, pero eso no significa que los barcos de la Alianza se alegren de ver nuestra bandera en el mar”.

Frente a ellos y afilando un cuchillo al lado del príncipe mercante, el Troll Lanza Negra Rokhan siseó y se puso de pie. Sus colmillos brillaban tanto como su daga. “¿Os dan problemas?”

“Hemos tomado el camino largo”, dijo Lilian con vos áspera. “Añadimos unos días a nuestro viaje”.

“Es mejor tener cuidado en estos tiempos tan tensos”, agregó Calia suavemente. “Con el fin de no causar ningún incidente diplomático”. Luego se encogió de hombros, cansada, y se quitó el chal azul desteñido por el sol, doblándolo con cuidado. “Estoy seguro de que si fuéramos interceptados, Derek Valiente podría intervenir en nuestro…”.

“Los Valiente no pueden hacer nada por nosotros”.

Justo cuando Thrall sentía que los nervios se disipaban en la sala, la joven reina Zandalari estaba de pie y rígidamente helada. Talanji cortó su mano por el aire, sus muchos adornos dorados centellearon mientras lo hacía, su tocado alto e incrustado de joyas proyectó una sombra que se cernía sobre el salón y parpadeó a la luz del fuego.

El cuero crujió y el hierro sonó cuando comenzaron los murmullos. Detrás de él, Thrall oyó que su escudero, Zekhan, dejaba escapar un largo suspiro.

“La Horda no pudo detener el ataque contra Zandalar, un fracaso que tomé con calma, creyendo que cuando nos hubiéramos recuperado, podríamos llevar la lucha a la Alianza, a los Valiente”, continuó Talanji, con una voz que temblaba con la emoción. “Paz con la Alianza significa paz con los Valiente, con Jaina. Fui tonta al creer que mi gente tendría su venganza”.

Thrall apretó el puente de su nariz. Todo estaba yendo tan bien. Debería haberlo visto venid. Todos los reunidos eran tan diferentes, con ideas contradictorias sobre lo que significaba ser parte de la Horda. Sin duda, sus visiones sobre el futuro también variaban. La marea de voces inquietas en la habitación comenzó a subir.

Antes de que pudiera ofrecer algo tranquilizador a la nueva reina, Lilian respondió rápidamente. “Derek es uno de nosotros ahora. Tendrás que aceptar eso”.

Talanji gruñó, dando un solo paso amenazador hacia la líder de los Renegados. “No tengo que aceptar nada. Me necesitas y pensé que necesitábamos a la Horda; ahora veo que no nos ayudaréis a buscar justicia por el asedio de Zuldazar”.

Escrito por Blosc

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